La noche ya vive aquí.
Afuera, el sol lanza sus últimos rayos, resbalando
lentamente por los edificios sucios. Los autos traquetean lentamente,
despidiendo un humo negro que se mezcla con la humedad.
Llovizna; y el gris de las construcciones es el telón de
fondo móvil de la gente. El invierno hizo una pausa y, por algunas horas, la temperatura subió
unos grados, lo que provocó que se renueve el permanente olor a sudor que
impregna las paredes, las molduras, las altas cariátides que sostienen los
techos.
Las palomas ya duermen, refugiadas en los canastos de
alambre que protegen los enormes globos que iluminan el hall, y sus cuerpos
acurrucados tapan la ya de por sí mala luz que brota de allí.
Veinte metros debajo de ellas, gente que corre, sombreros
que caen. Niños, grises como sus padres, que lloran en silencio, chupándose los
mocos.
Por un altavoz anuncian la salida del próximo tren. La
multitud, como ganado apenas inteligente, se dirige lentamente al andén.
Es tarde para todo. Tarde para volver al trabajo. Tarde para
ir a casa. Tarde para comer. En esta ciudad es tarde para ser feliz.
Camino buscando el boleto en el bolsillo del impermeable.
Miro las miradas perdidas, los titulares del diario, los guardias de la
entrada.
El altavoz vuelve a prepararse para hablar. Una carraspera
metálica que se expande por todo el lugar. Las palomas duermen.
La multitud aguarda, casi expectante. Casi, porque esperar
algo es intuir que algo distinto puede pasar. Y, de todas maneras, seguramente
no será nada bueno.
B48157517.
Mi tatuaje.
Mi número.
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