Salió al aire fresco de la noche.
No es que hiciera demasiado frío; adentro estaba muy caldeado. Iba a encender un cigarrillo, pero se demoró escuchando un perro, no demasiado lejos. Como si alguien lo hubiera pateado.
La noche sucia iba cayendo lentamente, y desde el montículo en el que tenía la casita, en verdad, un emparchado de carteles de la ruta y maderas que encontró por ahí; podía distinguir el relumbrar verde que producía el vecindario. Una feria radiactiva.
La tarde moría y los primeros insectos llegaban a alimentarse de la luz de las casas miserables que lo rodeaban.
Dio unos pasos, y sus zapatillas tropezaron con algo duro. Se agachó en la penumbra.
Un abrelatas.
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