miércoles, 26 de enero de 2011

Cómo recuerdan los muertos algunas frutas

Ciruelas claudias
Salíamos a buscarlas todos los años en el mes de agosto. Y muchas veces nos decepcionaban. O estaban demasiado secas, fibrosas, o demasiado blandas, casi pochas.
La mayoría no merecían siquiera un bocado, porque sólo tocándolas sabías que no tenían la temperatura apropiada, una temperatura que no se medía en grados centígrados o Fahrenheit: la temperatura de un tipo particular de frescor soleado.
El chico tiene entre ocho y diez años y medio, la edad de la independencia, antes de que empiece a presionar la adolescencia. El chico coge la ciruela en la mano, se la lleva a la boca, la muerde, y la fruta es una flecha que entra hasta el fondo de la garganta con una promesa.
¿Qué promete? Algo que todavía no tiene nombre y que él no tardará en darle. Saborea una dulzura que ya no tiene nada que ver con el azúcar, sino con una extremidad que se prolonga y se prolonga y parece que no acaba nunca. La extremidad pertenece a un cuerpo que él sólo ve con los ojos cerrados. El cuerpo tiene tres extremidades más y un cuello y unos tobillos como los suyos, salvo que está del revés. Por la extremidad sin fin fluye una savia -la saborea entre los dientes-, la savia de una pálida madera sin nombre, que él llamará árbol-chica.
Bastaba con que una ciruela de cada cien nos lo recordara.
Aquí nos vemos

No hay comentarios:

Publicar un comentario